viernes, 19 de febrero de 2010

Mis respetos, Podeti.

Así estoy yo, últimamente.

¿Escribía algo yo?

¿Me respondían los comentaristas, esa clase apestosa simil oyente de radio que cree tener la verdad absoluta y no sabe un pito?

¿Era yo misma una estirpe de corderos en masa que repiten sin procesar las canciones ajenas como títulos de sus sitios y encima los premian saliendo en tapa?

¿Había vida en los blogs?

¿Existieron las visitas en las páginas web, alguna vez?

¿Se provocaban diálogos reales en los foros virtuales?


¿Firmaba pancartas de auxilio para que los inimputables poderosos dejaran de provocarnos con la impunidad que da la indecencia de sus cara de poker?

¿Los que narraban historias intrascendentes con cientos de aduladores -becarios- del tipo de diario de la gorda Lewinski, eran ilustres ciudadanos anónimos inspirados o siempre terminaban figurando entre la nómina de los diarios de ventas masivas?

¿Comandante de qué era yo si todavía hay gente que le manda saluditos de feliz cumple a la señora ésa que te caía simpática y se pone feliz porque van a negociar algo con Gran Bretaña que ni te cuento cómo terminan estas cosas?
O digamos que te cuento: Les pagaremos el FUTBOL PARA TODOS a los ingleses y se inaugurará otro hotel de cinco estrellas en Calafate.

Es éste, sin lugar a dudas, tu mejor posteo desde que iniciaras su trayectoria en clarin.com allá por 1969, sorprendido todavía con el cordobazo.

Me conmoviste tanto que te voy a regalar mi último poema, por ahí esta vez te empieza a gustar la poesía y todo...(bueno, mejor te lo presto por un ratito y me lo devolvés a la salida)





domingo 14 de febrero de 2010
EL ARTE DE COCINAR LENTEJAS.



È una notte senza luna
ubriaco canta amore
alla fortuna
(canción popular italiana).



O key – me dijo entonces.
Soy un ebrio insalvable.
Yo me negué a escucharlo
y acepté un cigarrillo
aunque nunca he fumado.
El humo me envolvió
y amanecí en su alcoba
con la persiana baja,
al mediodía en punto de un mar de telarañas,
tendida a su costado
con un regusto a vino todavía en los labios.
Me apretó contra el pecho de varón incendiario.
Mi corazón rugía.
Mi corazón gritaba.
Mi corazón bullente al albur se entregaba.

No apelo el resultado.
Acepto mi derrota.
Mi borracho vivía al filo del abismo,
con el tacto exaltado de quien pronto se olvida
las ofrendas de almohada.
La nariz embebida y los pómulos bizarros
sin lengua me insultaban.

Qué importa que él hubiese
hacheado mi escalera del sexo imponderable.
Prematuro es el parto
de quien nunca ha gozado.

Fabricaba guirnaldas y barquillos
tal un padre perfecto que naufraga.
Adoraba mi nombre
con devoción de santo flamante divorciado.
¿Qué importancia tenían los vómitos del cuerpo,
su pasado prohibido,
el presente esfumado en las garras de Ubriaco?

Su amor me amamantaba.
Tenue luz milagrosa de anzuelo sin carnada.

Eran sus brazos fuertes
de roble estacionado a la vera del mundo.
No temía perderlo
pues lo había encontrado tirado en un umbral,
como una cosa usada que los ricos desprecian.

¿Los besos?
Ah… los besos.
¿Cuántos besos le he dado?
Con hipo,
con ceguera,
íntimos,
embalsamados.
con canciones de excesos,
jocosas y calcadas.
Con cansancio,
sin prisas y sin pausa.
improvisando el arte de cocinar lentejas
en ollas chamuscadas.

Qué importaba que fuese
aquel borracho consuetudinario
-con resacas de pena-, me decían,
si al verlo, recompuesto
su mirada inflamaba los cielos y la Tierra,
alfombrando de rojo
mi estrella desdichada camino hacia la Meca,
hacia el sol, como Ïcaro,
hacia el Templo y la Plaza de beatos y herejes,
con orejas cortadas
por los vientos del malo,
destinada a la nada.












Reginamente.
Lu

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