martes, 7 de abril de 2009

Sobre el cuento ABSOLUT TUZKI de Civilización y Barbarie (CrisCivale)

Después de los comentarios tan autorizados de Gustavo Iglesias y de Claudia Sánchez lo que daré es apenas una opinión personal, como no podría ser de otra manera, dado que no soy crítica literaria ni me interesa demasiado dicha rama a mitad de camino entre el arte y la ciencia de las letras.


Con el cuento me pasaron dos cosas fuertes, y al final sufrí una honda decepción.


Primero pensé: Absolut. Perfect.

Sentí una afinidad placentera con la protagonista que como suele ocurrirnos encaja perfectamente dentro de un patrón específico que los hombres se niegan a aceptar. Somos distintas de los varones, pese a ser igualitos en la esencia y no tenemos por qué coincidir. Dios nos libre de la ambigüedad de los metrosexuales.


Los cuentos de Cristina hablan de mujeres y por eso son siempre distintas, siempre ella misma, con o sin disfraz, tienen vidas propias y las resuelven dentro del conflicto temporal de la contemporaneidad.

Perdón, Iglesias, pero éste es, repito, un cuento ficcional.

La sensación de parentesco con algunas emociones típicas de nuestro sexo
provoca su modo de mirar el relato desde la distancia.

No negaré que a mí me sucede lo mismo cuando leo libros escritos por y para hombres, y por mucho honor que se les haga en los circuitos académicos o políticos no logro que me resulten significativos o interesantes los miles de cuentos de fútbol que son la Biblia de la Literatura cuentística argentina de las últimas décadas. Eso no implica que sean malos ni buenos. No me gustan. Punto. No me dice nada que alguien eleve un resultado de un juego deportivo a categoría existencial o que me explique la lógica cabalística de un partido ganado el 19 de diciembre.

La segunda cosa que me sucedió es que una vez metida dentro de la historia el final se escapó por otra parte y no hubo forma de recuperarlo.
Mi final, quiero decir.

Me quedé atónita ante el comportamiento de la protagonista que me representaba en primera persona y se comportaba como una extraña.

De ahí a llamar patología a su comportamiento hay un trecho enormemente largo. Porque sigue siendo un relato ajeno a la realidad, y porque la patología no es una razón crítica válida para estimar una obra.
Es como si dijéramos que el seductor de Kierkegaard es un voyeur narcisista neurótico y eso descalificara al autor de las epístolas sobre las maniobras y perversidades de don Juan.

Lo mismo podríamos decir de Werther, por su afición suicida, del extravagante Quijote, del minucioso Leopoldo Bloom y de todos los que celebran el 16 de junio como fiesta de cumpleaños del mejor amigo.

En cuanto al final, me senti decepcionada, no porque la primera parte me hiciera viajar a otros espacios ultraterrenales sin vuelta al hilo principal, sino porque la oración:

"Esto: lo intratable del amor."

me resultó superflua, extemporánea e inútil, mucho más que el "ya", que me pasó inadvertido. La quitaría sin más.

El cuento me pareció excelente y para mi gusto terminará en "siempre". Haré de cuenta que el colofón no fue escrito dentro del contexto de la obra sino como carta de despedida de la entrada al blog.

Hay frases que son de una textura antológica en la narrativa de este cuento:

Para destacar algunas de una increíble precisión señalo:

"La sed y las marchas a la cocina por mi ración de vodka no se vieron interrumpidas ni siquiera por las mamaderas."


"Entre sus brazos fingía calmar la angustia y el desconcierto de esas imágenes que me tenían secuestrada."

"La muerte de él, la del único hombre que había amado cuando creía que ese sentimiento sellaba el corazón para siempre."





Nada más.
Un gusto que exista este tipo de blogs y que la Civale nos permita compartir nuestras opiniones sin recelar ni ponerse colorada.

Un abrazo.
Lu.

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